jueves, 31 de diciembre de 2015

Felicitación


Si fuese poeta escribiría unos versos, pero nunca me sentí con capacidad para desempeñar con solvencia tal menester. Por ello, como postal de felicitación, he escogido esta florecilla de pétalos aterciopelados y brillantes. Se llama Anchusa azurea, y aunque su menguado tamaño le resta vistosidad, no se le puede negar belleza, singularidad y distinción. La foto la hice la pasada primavera pasada y es posible que alguno de ustedes haya reparado en ella. 
Mis mejores deseos, pues, para todos aquellos que leyeron este blog, lo comentaron o hicieron ambas cosas: que disfrutéis de un venturoso Año Nuevo. Sean felices o, al menos, inténtelo…



lunes, 30 de noviembre de 2015

Alertas



De un tiempo a esta parte, atravesamos un periodo jalonado de situaciones harto complicadas (crisis, atentados, catástrofes paro…) que generan inseguridad y esta, a su vez, en ocasiones provoca miedo en la población. Este último es inherente a la condición humana y está presente en todas las etapas de nuestra vida: en uno u otro momento, hemos sentido o sentimos miedo a la obscuridad, a la soledad, al sufrimiento propio o ajeno, a la enfermedad, al fracaso, a la muerte... Sin embargo, este sentimiento, que en un principio podría parecer como algo negativo, no es más que la respuesta del organismo, desarrollada a lo largo de la evolución, para sobrevivir: aquellos seres vivos que reaccionaron rápido ante un peligro, sobrevivieron y se reprodujeron más. No obstante, conviene señalar que gran parte de nuestros miedos son el resultado de nuestra tempestuosa mente.
Asimismo, los miedos sociales (enfermedades, paro, terrorismo, crisis, guerras…) son contagiosos y se extienden con facilidad entre los grupos de la sociedad. Estos miedos, aunque reales, se ven alimentados por la continua afluencia de noticias desastrosas que nos lanzan los medios de comunicación y los políticos. Esto crea una sensación de angustia generalizada que hace al grupo susceptible de manipulación. Sirva como ejemplo de la anterior afirmación un hecho constatado en los últimos años: el miedo a perder el trabajo o a no encontrarlo ha propiciado que la sociedad acepte sin rechistar drásticos recortes sociales y laborables.
Por otro lado, muchos investigadores sostienen que, en las últimas décadas, nuestra valoración de posibles riesgos ha entrado en una fase de confusión porque, de pronto, los riesgos que identifica nuestra estructura cerebral por la experiencia evolutiva compiten con ingentes informaciones de nuevas amenazas. La zona de cerebro encargada de la alerta ante los primeros signos del peligro se siente hoy desbordada por riesgos que son simplemente anunciados en imágenes aireadas por los medios de comunicación; en cambio, otros riesgos más reales como la conducción de automóviles, la comida basura, el abuso de medicamentos o las radiaciones de ordenadores y teléfonos móviles son infravalorados. En definitiva, tenemos más miedos que nunca, pero en las direcciones equivocadas y despreciamos los auténticos peligros para nuestra vida. Muchas personas sienten pánico cuando ven un saltamontes, en cambio, son capaces de subirse en un automóvil con total tranquilidad, a pesar de la altísima tasa de muertes ocasionadas por accidentes de tráfico.Y, que yo sepa, nunca persona alguna fue devorada por un saltamontes, en cambio, la carretera sí lo hace todos los días.
De acuerdo con lo anterior, podríamos plantearnos que si las estructuras cerebrales encargadas de alertarnos de los peligros externos no realizan adecuadamente la tarea encomendada por el proceso evolutivo, sin duda, en el futuro seremos mucho más vulnerables. El tiempo responderá a esta y a otras muchas cuestiones…

martes, 27 de octubre de 2015

Carta al otoño



Estimado amigo:

Hoy te dedico unas líneas a pesar de no ser el más querido de tu parentela o, quizás, tal vez por eso te las escribo.
A tu hermano el verano, la sociedad lo honra con su estima y favor. A él asocian diversión, viajes, ocio…, mientras que tú representas el remate de todo esto que en él nació. La primavera, tu única hermana, ha conquistado a los poetas, que siempre le han  dedicado desde los versos más ripiosos a los más excelsos y finos poemas. Pero yo te aprecio por restituir la belleza que el verano arrebató a la primavera, esplendor que logras devolver cuando tiñes de tonos rojizos los atardeceres, desnudas los árboles y con sus ropajes tapizas la tierra de ocres, pintas de verde los campos, y coloreas los bosques de amarillos y rojos. En tu juventud, las tardes rozan la perfección, traen sosiego al espíritu e invitan al recogimiento y a la reflexión.
Sin embargo, mucho me temo, lector, que mi lenguaje va adquiriendo un matiz excesivamente remilgado que bien pudiera convertir el resultado en un texto demasiado cursi y empalagoso. Para mitigar tal contrariedad, te diré que con él también llegan acompañantes más prosaicos: catarros, coleccionables, vacunas antigripales y otros de igual o parecida catadura. 
Desconozco si el resultado se ha ajustado a mi propósito, si tal cosa no ocurrió, ahí estas tú para decirlo... 


martes, 22 de septiembre de 2015

Juan de Elena


Juan de Elena, personaje real que vivió en la segunda mitad del siglo XIX, fue un hombre de aguda inteligencia, instruido, ocurrente, cordial y, sobre todo, con una desmesurada querencia a la holganza. Durante toda su vida puso a  trabajar al mucho ingenio que tenía para no tener que hacerlo él. Este le procuró las más inauditas colocaciones, aunque poco le duraron por la mucha estima que profesaba a la gandulería.
En cierta ocasión, ingresó de lego en un convento con el único propósito de comer sin trabajar durante algún tiempo. Un día le ordenaron que plantase lechugas en el huerto, fray Juan, para que no le volviesen a encomendar faena tan engorrosa, las ponía con la raíz para arriba y las hojas para abajo.
Un fraile que por allí pasaba, al contemplar aquella insólita plantación lechugueril, se dirigió presuroso al extravagante hortelano.
- Hermano Juan, está usted poniendo las lechugas al revés.
- Padre Luis, a Dios querer nada es imposible. ¿Acaso duda su paternidad del poder omnímodo del Altísimo?
Ante argumento teológico tan categórico, nada supo objetar el pobre fraile.
Desconocemos lo que dispuso el Altísimo sobre las lechugas plantadas por fray Juan, sin embargo, sí sabemos que nuestro protagonista salió del convento como lo hicieron Adán y Eva del paraíso.
Muchas otras ocupaciones le procuró su ingenio, pero desengañado este porque todos sus esfuerzos resultaban baldíos, decidió casarlo con una maestra, provechoso negocio que le permitió disfrutar de una placentera holganza durante el resto de su vida… 

lunes, 10 de agosto de 2015

¿Para quién escribimos?



No es fácil vislumbrar cuáles son los motivos que impulsan al ser humano a escribir: unos convierten el folio en confidente y, sabedores de su discreción, lo hacen partícipe de sus sentimientos y pesares; otros, en cambio, prefieren airear lo escrito para buscar el elogio, alcanzar notoriedad, ganar dinero o procurarse entretenimiento. Sin embargo, todas estas razones resultan baladíes si las comparamos con la principal: cada uno escribe para el crítico que lleva dentro. Porque en cada individuo que se dedica a labores de escribanía conviven dos personajes bien diferentes: el escritor y el crítico. El primero crea; el segundo mejora lo creado o, al menos, lo intenta, aunque no siempre lo consiga.
Quiero hoy referir algunas peculiaridades de mi inapreciable socio, sin cuyo plácet nada ve la luz. El carácter veleidoso de mi ilustre colaborador condiciona en ocasiones el rigor de su tarea. A veces, se convierte en un implacable y despiadado censor que pone en entredicho todo cuanto le presento y, por mucho que lo depuro, nada encuentra aprovechable. Otras, en cambio, se muestra algo más condescendiente y tolerante –hoy creo que es uno de esos días, pues a estas alturas algunas líneas ya estarían suprimidas-. Me aprovecho pues de esta efímera condescendencia para señalar otra de sus bondades: una acusadísima y desproporcionada querencia a la holganza, que no le permite corregir más de una entrada al mes, circunstancia esta última que explica el menguado número de escritos que aparecen en este blog, pero tampoco es cuestión de quejarse en demasía porque, al fin y al cabo, su trabajo me lo hace siempre gratis…

lunes, 20 de julio de 2015

Homenaje


En los albores del siglo pasado, don Gregorio Aladrén ejerció la medicina durante algunos años en una importante población cuyo nombre, aunque sí lo recuerdo, no desvelaré por no ser necesario para el desarrollo de esta historia. Era don Gregorio médico muy entendido, ya que atesoraba en su mente innumerables conocimientos para combatir con suma eficacia gripes, sarampiones, cólicos y otros achaques propios de nuestro organismo.
Gran contento tenía el vecindario con los valiosos remedios prescritos por el doctor, por este motivo, que no por otro, la comunidad solicitó al señor alcalde que erigiese un pedestal con la estatua de don Gregorio y lo colocase en lugar visible de la plaza.
El alcalde, colega de profesión de don Gregorio, era hombre tan desconocedor de los saberes propios de su oficio que rara vez le permitían hacer un diagnóstico certero, lo que le llevaba a prescribir tratamientos tan desacertados que, en algunas ocasiones, su aplicación resultaba más dañina al paciente que la propia enfermedad. Sin embargo, sería injusto silenciar que era tan buen alcalde como mal médico, lo que dice mucho a su favor como regidor municipal. Sin embargo, el señor alcalde, movido quizá por el resquemor que le ocasionaba los éxitos profesionales de su colega, despedía a los peticionarios con muy buenas palabras y fijaba una fecha alejada para la ejecución de la obra, pero cuando esta se acercaba, era desplazada a otra aún más lejana. Hubo tantas prórrogas que, cuando el potencial homenajeado abandonó este mundo, aún no existía ni en papel el proyecto de tan ansiado monumento.
Un tiempo llevaba ya nuestro protagonista es en aquellos espacios etéreos  cuando, por azar, supo que había sido inaugurado el monumento a él dedicado. Picado por la curiosidad más que por la vanidad, solicitó autorización para regresar de aquellos confines.
Llegó don Gregorio a la plaza, se acercó al monumento y leyó, grabado en el pedestal, su nombre junto a una lisonjera leyenda dedicada a su persona. Después observó la estatua y comprobó, con gran desconcierto, que el rostro no era el suyo, sino el del alcalde. Sin embargo, la figura del aparecido mayor turbación y rubor provocó en la estatua que, con gran sofoco, se bajó del pedestal y huyó de la plaza sin que hasta ahora nadie la haya vuelto a ver, pero en aquellos tiempos hasta las esculturas se avergonzaban...


lunes, 1 de junio de 2015

Lázaro de Tormes y otros "pícaros" de la modernidad I y II


El escrito de hoy versará sobre la novela picaresca titulada Vida del Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades, obra anónima publicada en el año 1554. En él intentaré establecer un paralelismo entre la figura del protagonista y el perfil de aquellos otros pícaros que tanto abundan en nuestro tiempo.
A lo largo de  mi vida, más de una vez me acerqué a los siete tratados de dispar extensión que componen la obra, pues, además de procurarme gran entretenimiento y diversión, nunca me separé de ellos sin haberme llevado valiosos conocimientos sobre la condición humana, ya que su lectura me mostró comportamientos de los que saqué aleccionadoras y provechosas enseñanzas.
Comencemos, pues, y comparemos a nuestro protagonista con algún pícaro de la modernidad, aunque prefiero que sea el lector el encargado de escoger a este último, pues seguro estoy de que no hallará dificultad para tal menester, por ser muchos los que prosperan en todos los ámbitos de nuestra sociedad.
El protagonista de nuestra novela es un desventurado llamado Lázaro, hijo de padres sin honra, natural de Tejares (aldea salmantina a orillas del río Tormes), el cual cuenta  en primera persona su vida miserable desde que nació hasta que se casó en Toledo, de manera poco honorable, con la criada de un arcipreste. Su existencia está llena de privaciones, hambre, egoísmos, explotación, engaños, burlas. A causa de su origen, es persona sin oficio ni beneficio, sin caudales, sin letras. Será criado de muchos amos: sucesivamente servirá a un ciego, a un clérigo, a un escudero… Su vida será con los distintos amos una constante pelea por algo tan viejo como la vida misma: el hambre. Ella será el motivo que impulsará sus acciones, será la musa que inspirará sus mentiras, sus tretas, sus engaños y, en definitiva, todos sus actos. Los amos a los que sirve son sus antagonistas que, mediante sus comportamientos, obstaculizan los propósitos y acciones de Lázaro encaminados a buscarse los medios para subsistir. Sus picardías son raterías de poca monta, todas ellas dirigidas a procurarse el sustento.
En  cambio, algunos de los pícaros modernos son  hijos de padres respetables, no han sufrido explotación, ni hambres, ni privaciones. Más bien todo lo contrario: de poco o nada han carecido y han llevado una vida confortable y llena de comodidades. Debido a su origen son personas de letras, con empleo, con posibles, con oficio. Dada su situación social, estos pícaros de la modernidad actúan movidos por motivaciones bien diferentes a las de Lázaro. La musa que guía sus acciones no es el hambre, sino un afán desmesurado por obtener riquezas para atesorarlas: la codicia. Se valen de sutiles estratagemas para  obtener provecho engañando a los demás y, de esta manera, agasajar y contentar a su musa.
Ya hemos visto cómo Lázaro desde niño tiene que servir a muchos amos con los que no consigue quitarse el hambre de encima; algunos pícaros de ahora, aunque resulte paradójico por el rango que ocupan en la sociedad, también son servidores, aunque de amos bien distintos: el amo al que todos ellos sirven es el dinero, su auténtico dueño y señor, y que en forma de presente ofrendan a su musa, la codicia, para complacerla y aplacarla.
La sociedad, conocedora de la calamitosa vida de Lázaro, el menguado botín obtenido con sus pillerías y, sobre todo, las razones que impulsan su comportamiento, no lo considera un delincuente y no insta a la justicia a que persiga sus fechorías. Es más, en muchos casos, sus víctimas suelen ser amos que lo explotan y lo tratan de forma despreciable, lo cual despierta cierta comprensión y hasta benevolencia para con él. En cambio, sus homólogos contemporáneos, sin escrúpulo ni miramiento alguno, engañan utilizando refinadas prácticas carentes de ética y moralidad. Como muchos son los perjudicados y cuantioso el importe de sus desmanes, grande es  el desprecio que promueven en la ciudadanía. A diferencia de Lázaro, que no constituye una amenaza para la sociedad, nuestros pícaros se han ganado el repudio y el rechazo de la misma, que urge a la justicia para que los persiga y condene por sus delitos, aunque dicho propósito diste mucho de verse cumplido.
La forma en que se nos revelan sus fechorías es bien diferente. Lázaro, sabedor de la insignificancia de sus trastadas, nos las cuenta él mismo; los otros, conocedores de la trascendencia de sus desmanes, callan.  Su privilegiada posición social hace que se consideren invulnerables pero, a veces, llega el momento en que lo oculto deja de serlo y su invulnerabilidad vulnerada, entonces negarán con tesón lo evidente.
Por último, ambos mudan de condición,  aunque de manera muy distinta. Lázaro consigue el cargo de pregonero gracias al arcipreste de la iglesia toledana de San Salvador, quien además le ofrece una casa y la oportunidad de casarse con una de sus criadas, con la finalidad de disipar los rumores que se ciernen sobre él, ya que era acusado de mantener una relación con ella. Sin embargo, tras la boda los rumores no desaparecen y Lázaro comienza a ser objeto de burla por parte del pueblo. Lázaro pierde su honorabilidad para convertirse en pregonero porque, por fin, este empleo lo va a liberar de las zarpas de su fiel e inseparable compañera: el hambre. Sus homólogos también sacrificarán su reputación y prestigio por convertirse en amos de lo que dueño ya tenía y, con las rentas de semejante negocio,  llevar una vida aún más próspera y regalada.
Aquí detengo estas divagaciones, no porque se hayan agotado, sino porque este artículo quebranta ya la norma que tanto elogia la importancia de la concisión...
 
 

sábado, 9 de mayo de 2015

Visita imprevista



Una tarde del pasado mes de abril, transitaba con mi viejo Ford por una sinuosa carretera cuando, al culminar una subida, divisé sobre una loma un pintoresco pueblecito en el que un ramillete de casas blancas se arracimaba en torno a una enorme iglesia. Cuando llegué a él, abandoné la carretera, estacioné el vehículo y me adentré por sus calles.
Con intención de sonsacar alguna información a los lugareños, entré en un bar a tomar un café, pero comprobé, con cierta desilusión, que el único parroquiano era yo. El camarero, un chico joven, se aplicaba con entusiasmo y abnegación a manipular un impecable móvil. Más interesado en su faena que en contestar a las preguntas del “intruso”, comprendí al momento que no era aquel el sitio que mejor se ajustaba a mis propósitos.
Proseguí mi camino y llegué a una calle cercana a la iglesia, donde pegué la hebra con un señor que, además de excelente conversador, demostró ser persona instruida en saberes muy beneficiosos para el negocio que yo llevaba. Me dijo que el majestuoso templo fue mandado construir siglos atrás por una familia de posibles que vivió en el pueblo, algunos de cuyos miembros habían desempeñado importantes cargos políticos. También me comentó que había otra iglesia debajo de aquella que teníamos delante y, además, me dio todo tipo de indicaciones para que mi visita resultase provechosa.
Me despedí afectuosamente de mi interlocutor y continué el periplo. Bajé una pronunciada pendiente y llegué a un frondoso cementerio adosado a una de las paredes del templo, en ella vi la entrada que da acceso a la “otra iglesia” que, en realidad, es un panteón situado debajo de la iglesia principal, donde están inhumados algunos miembros de la familia que sufragó la monumental edificación.
Crucé el cementerio y me dirigí a la entrada de la cripta, como la puerta estaba abierta, pasé directamente al interior, donde una grisácea e inquietante penumbra lo envolvía todo. Mientras recorría el silencioso y solitario recinto rodeado de tumbas, imágenes y altares, pensé que, al parecer, es cualidad inherente a la condición humana procurar situarse junto a los poderosos, pero no solo en la vida terrenal, sino también en la celestial. Digo esto porque desde siempre los lugares más “codiciados” de los cementerios han sido los situados más próximos a la iglesia y los ubicados en su interior.
Concluida la visita, y siguiendo las meritorias directrices del magnífico informador, encaminé mis pasos al lugar, donde siglos atrás, estuvo instalada una fabrica de naipes, que poseyó el monopolio de este producto carteril para su venta en las colonias americanas. En la actualidad, el lugar lo ocupan varias viviendas particulares. Seguro estoy que muchas y sabrosas historias deben circular por ultramar donde las barajas, aquí fabricadas, tuvieron un destacado protagonismo.
Como era ya algo tarde, me dirigí a recoger el coche, no sin antes prometerme volver en otra ocasión, ya que todavía no había visto la iglesia de los vivos, pues es probable que su visita incluso me pudiera dar para escribir otra entrada en el blog, quién sabe…      


martes, 14 de abril de 2015

Desafectos


                                                                                                          Imagen tomada de la red


Ya hace  tiempo que se  consumieron nuestros amores, sin embargo, y a pesar de los muchos días transcurridos, recuerdo con frecuencia aquellos momentos en los que el desafecto jugó un papel tan destacado en nuestras vidas. A pesar de este innegable fracaso, durante unos años vivimos muy compenetrados: yo había encontrado en ti lo que buscaba y, al mismo tiempo, te ofrecía todo lo que tú deseabas.
Lamento hoy no haber contestado a tus angustiosas llamadas, ni haber leído ninguno de los mensajes que me enviaste, pero la situación era la que era: me sentía atrapado por ella, que me prometió traerme el cielo a la tierra, aunque este jamás de se movió de su sitio.
Hoy en la distancia, sé que me dejé arrastrar por proposiciones más quiméricas que reales.  A pesar de todo, estoy seguro que si intentase volver a ti, me aceptarías, aunque las condiciones de hoy serían muy distintas a las de entonces. Instalado en la seguridad que dan las experiencias vividas, sin rubor alguno confieso que tú has sido la operadora de telefonía que mejor me ha tratado y menos ha quebrantado mis caudales, eso sí, hasta este momento...


lunes, 12 de enero de 2015

Chasco



La pasada Nochevieja, Canal Sur TV[1] se disponía a transmitir las campanadas que abren las puertas del nuevo año. Todo estaba preparado (cámaras, presentadores,  iluminación, etc.) y eran muchos los telespectadores que, con las uvas en el plato, se disponían a engullirlas en rigurosa sincronía con los toques de la campanería. En el momento culminante, léase a las doce en punto, inesperadamente un anuncio expulsó a la primera campanada, las dos siguientes a duras penas lograron conservar su puesto, aunque peor suerte tuvieron las cinco posteriores que fueron despedidas por otro sin miramiento alguno. Los telespectadores, atónitos y desconcertados, comprobaron que les sobraban tantas uvas como campanadas habían despachado los anuncios, motivo por el cual, muchísimas de ellas  vieron con tristeza cómo perdían su destino. Ha sido este drástico ERE[2] campaneril el causante de que miles de uvas se vean obligadas a afrontar, sin ningún tipo de ayuda, un largo año de penurias hasta ver si encuentran una oportunidad la próxima Nochevieja. Por ello, y para que puedan llegar en aceptables condiciones hasta fecha tan lejana, se están organizando campañas de acogida, adopción y apadrinamiento.
Lector, sé solidario y, por poco más de lo que cuesta un café, acoge, apadrina o adopta una uvita de Canal Sur, pues, en estos momentos, son miles las que se encuentran en total desamparo…

 



[1] Canal Sur. Televisión pública de Andalucía (España)
[2] ERE. Expediente de regulación de empleo, es decir, convertir en parado al que tiene trabajo.